BLUES

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Por: Damián Milia

Achille Mbembe, en Crítica de la razón negra, muestra el modo en que occidente, basándose en ficciones de raíz biológica, persiguió históricamente todo aquello que no concordara consigo mismo: «el pensamiento europeo ha sido proclive a entender la identidad menos en términos de pertenencia mutua a un mismo mundo -co-pertenencia- que como una relación entre elementos idénticos. La identidad surgiría así en el ser y se manifestaría ante todo en su propio ser o en su propio espejo (…) A raíz de esta lógica autoficcional, autocontemplativa o de clausura, el negro y la raza han sido continuamente reducidos a un mismo significado en el imaginario de las sociedades europeas». Dicha operación se lleva a cabo en tres grandes momentos, de los cuales nos interesan dos: «el primero es el despojo realizado durante la trata atlántica entre los siglos XV y XIX, cuando hombres y mujeres originarios de África son transformados en hombres-objetos, hombres-mercancías y hombres-monedas de cambio. El segundo momento corresponde al nacimiento de la escritura y comienza hacia finales del siglo XVIII cuando, a través de sus propias huellas, los negros, estos seres-cooptados-por-otros, comienzan a articular un lenguaje propio y son capaces de reivindicarse como sujetos plenos en el mundo viviente».

Tal vez sea por ello que el blues sea, a decir de Hendrix, fácil de tocar y difícil de sentir. Elementalmente, doce compases, tres grados de acordes (el primero, el cuarto y el quinto) y la pentatónica, mayor y menor. Eso es fácil de tocar, pero ¿por qué es difícil de sentir? ¿No será porque sentir sea en sentido profundo, terapéutico y vital? ¿Qué son los demonios que se intentan expiar a través de esta música sino en realidad maneras de estar en el mundo, de habitarlo, y ante todo, de procurarse los derechos de habitarlo como se quiera? ¿Acaso el blues no se desarrolló predominantemente allí, en el Sur de los Estados Unidos, en las economías de plantaciones, como canto solista y respuesta grupal, entre esclavos y sirvientes? ¿Qué pasa con todos aquellos que no tienen voz? A riesgo de caer en una generalidad abstracta, podemos decir que estos cantos se basaban exclusivamente en la clase vida que las minorías negras podían tener: crímenes, persecuciones, segregaciones, prostitución, invocaciones, etc. En todo blues hay un trasfondo de dolor. Lo mismo puede decirse de toda reivindicación. Es necesario también decir que a medida que el blues se volvía cada vez más marcadamente comunitario, y a medida que incorporaba elementos de acompañamiento como la guitarra, el slide, más tarde el piano, los instrumentos de viento, produce al mismo tiempo un fenómeno de transversalidad: ya no será de los negros para los negros, sino que en adelante será el espíritu de las minorías por definición. ¿Por qué? En principio, porque una vez abolida la esclavitud, se la re-instaura bajo el código penal de la época. Los negros ya no serán esclavos de plantaciones o sirvientes exclusivamente, sino que de ahora en adelante son materia para ser tratada por el régimen penal. De allí las emigraciones, por ejemplo a Chicago, o a Detroit, producto de la persecución sangrienta que todavía, y a pesar de todo, se prolongaba. De allí, el blues urbano, que lejos de contraponerse al blues rural, expresaba el nuevo modo de vida de esas minorías. Y es pasada la pos-guerra cuando ocurre el fenómeno de transversalidad antes descrito: serán los negros los que brinden a la música una renovación, en Estados Unidos, pero también en Europa, particularmente en Inglaterra. El blues será una fuente de la que saldrá nuevos sonidos, nuevos estilos, nuevos géneros, y también nuevas reivindicaciones o nuevas voces. Para entonces ya había ocurrido la comercialización a escala mundial; para entonces, los discos de los años cuarenta dejaban de ser, paulatinamente, race récords; para entonces, una minoría reivindicaba más profundamente, aunque no sin dolor, los derechos ancestrales para una nueva población.                 

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